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Las carreteras de Colombia están llenas de locales pintados con avisos y murales maravillosos, pero ¿cuáles son las posibilidades de que uno ponga un pie en uno de estos locales y se encuentre allí mismo con el pintor responsable de las bellezas que lo decoran?

Ese improbable golpe de suerte lo tuvimos en la víspera de año nuevo paseando por las bellísimas carretas de Boyacá.

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Cerca de la población de  Ventaquemada paramos en uno de los piqueteaderos que se encuentran en la vera de la carrereta: El Palacio de la Costilla. Apenas nos bajamos del carro el propietario del palacio nos ofreció una costillita de degustación que, valga la verdad, estaba deliciosa. Pero todos sus esfuerzos por hacernos sentar fueron inútiles: eramos incapaces de concentrarnos en nada distinto a lo que sucedía por encima de su hombro en un parqueadero contiguo al local. Tras haberlo recostado contra una volqueta azul, un señor le acicalaba el uniforme a un gigantesco anciano vestido de uniforme militar.

El anciano resultó ser el presidente de Nicaragua. Pero no era el tinte político lo que hacía descomunal a este añoviejo, en Colombia, como en otros lugares del América Latina, es habitual que los añoviejos hagan alusión a los protagonistas de la coyuntura política del momento. Lo raro era, por una parte, sus dimensiones: los muñecos de añoviejo suelen construírse a partir de prendas de vestir que ya están demasiado viejas para ser usadas, de modo que tienden a tener el tamaño de un ser humano. El presidente de Nicaragua sin embargo superaba los dos metros de altura.

El otro elemento extraño era el nivel de detalle y dedicación con que había sido elaborado: la cabeza no era ni un coco, ni una media velada, ni un tarro de pintura, era una cabeza esculpida en papel maché y luego pintada cuidadosamente. El traje de este gigante no era un uniforme deshechado por algún recluta: las manchas camufladas de los pantalones y la camisa habían sido pintadas una a una en al menos cinco tonos distintos.

Nada en la confección de este añoviejo era facilista, era evidente que detrás de él había un esmerado y talentoso artesano. Para nuestra suerte, ese artesano no era otro que aquel señor de suéter y gorra que ahora le daba los toques finales.

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José Ignacio Gaona, “Nacho”, es el nombre del autor de este maravilloso presidente de Nicaragua que sería consumido por las llamas pocas horas más tarde. Según nos contó, se trató de un encargo que le hicieron los propietarios de El Palacio de la Costilla para participar en el concurso de año viejos que se celebra todos los años en este municipio de Boyacá.

No era la primera vez que El Palacio de la Costilla y Nacho trabajan juntos: Nacho es algo así como el publicista de cabecera del local. Por ejemplo, a pocos metros de donde estaba el presidente están los baños públicos del local. Estos fueron señalizados por Nacho con las consabidas figuritas humanas, pero las pintó con tal primor y delicadeza, les puso tanto “arte” y cariño, que ni siquiera tiempo después cuando a algún genio se le ocurrió poner unos innecesarios avisos en acrílico, los dueños del local fueron capaces de prescindir de ellos.

Pero lo notable de los baños del Palacio de la Costilla no son solamente las figuras, también están las decisiones de color. Los baños son dos bloques de concreto que Nacho fondeó en una encantadora combinación de tonos que se repite mucho en las zonas rurales de Cundinamarca y Boyacá: azul “cielo” y un rosado que recuerda la curuba, una de las frutas características de la región.

La mezcla de delicadeza y audacia y la orgullosa impronta personal que había tanto en los baños y en el añoviejo, sería apenas un calentamiento para lo que Nacho estaba por mostrarnos.>

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Dejamos el parqueadero y seguimos al pintor hacia un comedor que, algo escondido detrás de las parrillas y las mesas con sombrillas que daban contra la carretera, resulta ser algo así como la parte más formal o “elegante” del Palacio de la Costilla.

Las paredes de este comedor están pintadas con tonos que solo podríamos definir como cremoso-fluorescentes. Rosas, verdes y amarillos como fondo y una sensacional franja anaranjada (anaranjado uchuva, otra fruta local) delinéandolo todo: el techo, los nichos, hasta los marcos de las puertas.

Tres dibujos hay en el comedor. Ubicado frente a la puerta, el primero que salta a la vista es un rótulo que uno podría despachar como un simple compendio de todos los clichés con que se suele representar lo boyancese (la campesina con sombrero, falda y alpargata, el vocablo sumercé…) sino fuera porque está resuelto con toda la delicadeza y fineza de una estampa costumbrista:

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–José Ignacio Gaona, pintor y publicista. El Palacio de la Costilla, Ventaquemada, Boyaca, 2012.
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Los otros dos dibujos son, literalmente, gloriosos. A la izquierda, como quien flanquea un Santo Grial o un Sagrado Corazón de Jesús, dos querubines-arepa-en-mano flotan alrededor de un tomacorriente. Y a la derecha, iluminado por una ventana, está el éxtasis, la epifanía, la obra maestra, la razón por la cual hay que ir al Palacio de la Costilla.

Armado de un escalofriante cuchillo Cristo preside la última cena (a propósito, ¿hay en toda la historia del arte una imagen de Cristo con un cuchillo en mano?). Esta vez él y sus apóstoles no cenarán pan y vino: sobre la mesa está dispueto un banquete boyacencence consistente en arepas, mazorca, morcilla, longaniza y una gigantesca costilla.

Un apóstol le da gracias al cielo, otro se lleva la mano a la frente y como previendo la indigestión que se viene parece pensar “Juemadre, ¿de verdad nos vamos a comer todo eso?”. Pero no tiene porqué temer, el hijo de Dios en su inmensa sabiduría ha traído a la fiesta una gigantesca gaseosa para bajar el banquete.

La gaseosa es tan grande y tan protagónica, está ubicada en un lugar tan singular de la escena (se para junto a la mesa como un comensal más) que hay que hacer el ejercicio de contar uno a uno a los doce apóstoles para asegurarse de que Nacho no puso a Cristo, en su última noche en la tierra, a obrar el milagro de transmutar a un apostól en un litrón de Colombiana Postóbon. Un gracioso atrevimiento que no tendría nada de extraño en este fenomenal pintor y publicista boyascence que la divina providencia nos puso en el camino.

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