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¿De qué color es Bogotá? Algunos dicen que es color ladrillo, el amarillo ranquea alto en las investigaciones sobre imaginarios urbanos, mucha gente dirá que es gris.

Pues bien, el señor del chaleco se ha encargado de mandar todas esas opiniones a la porra y ha impuesto que Bogotá sea fluorescente. Amarilla, rosada, verde, naranja, lo que sea… pero fluoresecente.

¿Puede un individuo determinar por sí solo el color de una ciudad? Probablemente no. A menos que ese individuo se llame Rafael García y sea el dueño y señor del negocio de cartelitos portátiles para tiendas, kioskos, carritos y todo tipo de ventas ambulantes.

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Empezaba la década del 2000 y ya rondando lo 50 años de edad Rafael se vió obligado a arrancar otra vez y prácticamente de ceros. Su negocio de ropa deportiva se había ido a la quiebra y su matrimonio había llegado al punto de las diferencias irreconciliables. Rafael juntó entonces su experiencia en confección con su experiencia en artes gráficas y empezó a ofrecer servicios de estampación en screen.

Era la época en que el teléfono celular se popularizaba definitivamente en Colombia, de modo que el producto que más le pedían a Rafael eran cartelitos para anunciar la venta de minutos a celular. Cartelitos en color azul con el texto MINUTO A CELULAR. En color “azul-Comcel”, para ser más exactos. Comcel fue una de la empresas pioneras en telefonía movil en Colombia y deliberada o casualmente su color corporativo se convirtió durante los primeros años del negocio en sinónimo de telefonía celular.

“Pero esa vaina no se veía nada”, cuenta Rafael. Entonces en busca de mejor contraste y vistosidad se le ocurrió empezar a hacer los mismos cartelitos pero en lo que él llama “colores feos”. Fluorescentes. Y se lanzó a la calle resuelto a cambiar el paradigma cromático imperante con el argumento de que eran mejores los colores vivos. A lo que más de un escéptico le respondió “¿y no será más bien que el vivo es usted?”

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Y sí, Rafael vivo sí es, pero en el buen sentido. Como lo habrá podido comprobar sin mucho esfuerzo cualquiera que camine por Bogotá, los carteles en tela fluorescente resultaron ser un éxito total. No pasaría mucho tiempo antes de que los novedosos cartelitos que anunciaban minutos a celular empezaran también a anunciar empanadas, chance, avena fría, jugo de naranja recién exprimida y hasta cremalleras y pulsos para reloj.

En realidad es simple: en una ciudad tan fría y sucía como Bogotá, en donde los principales “baños” que recibe el concreto o son de smog o son de agua sucia, unos caprichosos trocitos de tela fluorescente desperdigados aquí y allá atraen la mirada con un magnetismo imposible de resistir. Es muy simple, casi obvio, pero a nadie se le había ocurrido.

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Al ver la cantidad de avisos fluorescentes que hay por estos días en la ciudad uno pensaría que detrás de aquello hay todo un ejército de impresores. Pero resulta que no hay tal. Cuando le preguntamos a Rafael si alguien le ayuda, su respuesta es demoledora: –No, ¿Pa’ qué?

Quizás la experiencia de haberse asociado con aquel tipo que lo tumbó en Barrancabermeja, o la de trabajar bajo la férrea supervisión de aquel jefe polaco-argentino, lo dejaron desanimado respecto a aquello del trabajo asociado. O quizás sea sencillamente ese temperamento de relojero místico que tiene… Vaya uno a saber, el caso es que detrás de la bandada fluorescente que cubre a Bogotá no hay nada más que un hombre.

En el garaje de la casa del barrio Villaluz que heredó de sus padres se encierra Rafael todas la mañanas con sus rollos de tela, su máquina de coser, sus plantillas y sus bastidores. Al mediodía almuerza y en la tarde sale a la calle con una bolsa de lienzo llena de cartelitos recién horneados.

Si están atentos es muy posible que lo vean pasar, Rafael es un gran “patoneador” y su tumbao de artista es inconfundible: pelo canoso agarrado con una cola de caballo, manos y  tenis manchados de pintura y una manera de caminar que deja claro que el afán dejo de ser una preocupación hace rato. Unicentro, la calle 100 y la calle 85 son sus jurisdicciones por excelencia, pero a veces se aventura a otras zonas “para abrir mercado”.

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Hubo una época en que absolutamente todos los cartelitos fluorescentes de Bogotá habían salido del garaje de Rafael. Hoy en día ya hay dos o tres cartelistas más ofreciendo carteles fluorescentes. ¿Cómo identificar los de lo Rafael Garcia, los del pionero del género?

Alguien con ojo gráfico entrenado los reconocerá al rompe por los dramáticos contrastes de tamaño que caracterizan sus composiciones tipográficas, las muescas propias de la letra hecha en plantilla y la audaz curvatura que a veces le aplica a alguno de los textos.

Eso en cuanto a lo gráfico. En la confección, los carteles de Rafael también tienen sis singularidades: todos los cartelitos estan terminados con dobladillos hechos con gran esmero que evitan que se deshilachen fácilmente, y todos vienen con dos secciones de palo de escoba que ayudan a que se mantengan rígidos y templados.

En todo caso, si nada de esto fuera suficiente para distinguirlos basta con echarle una mirada al palito de abajo. A manera de firma, sus carteles siempre llevan allí su número celular escrito en marcador: “CEL. 3158788830”.

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Los cartelitos fluorescentes de Rafael tienen todas las características de una buena solución de diseño. Para los comerciantes resultan baratos, prácticos, portátiles y efectivos. Y para el transeúnte que en medio del caos y el barullo necesita hacer una llamada, son clarísimos dispositivos de señalización. Quizás la mejor prueba de su éxito es que ni siquiera nos percatamos de que existen: funcionan sigilosamente y eficientemente como lo hacen todas las grandes soluciones de diseño.

En nuestra opinión, los carteles fluorescentes de Rafael le dan además algo de alegría a esta Bogotá que es a ratos tan triste. Y en la medida en que se han vuelto la señalización oficial no-oficial de los pequeños comerciantes, hasta algo de orden y uniformidad le aportan también a la ciudad: estamos seguros que ninguna política distrital habría tenido tanta acogida como este involuntario ejercicio de señalización y estandarización llevado a cabo por nuestro Neon Man.

Por todas estas razones, y por el gusto que nos dio conocer al hombre detrás del fenómeno, hace unos días le pedimos a Rafael que nos fabricara una serie de carteles para promocionar nuestra participación en What Design Can Do. Fue un honor que Rafael no solamente nos haya seguido la corriente con el encargo, sino que además se le midiera a posar con sus creaciones. Los textos de los carteles son su opinión personal sobre el poder del diseño.

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pd. Hace unos días nos encontramos con Rafael para tomarnos un tinto y el hombre traía consigo un misterioso paquete envuelto dentro de una bolsa plástica. Se nos abrieron los ojos como platos de sopa cuando sacó su contenido y lo puso sobre la mesa. Estén pendientes porque muy pronto estaremos compartiendo esa joya con ustedes.

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