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¿Cuando se ha visto que alguien le arranque una ovación al público a punta de trucos ejecutados con tijeritas? Como quedó demostrado el viernes pasado en la Tadeo, esa es otra de las muchas habilidades del peruano Elliot Tupac.

En realidad no había ninguna necesidad de ponerse a recortar nada: a esas alturas Elliot ya tenía al público rendido a sus pies. Nos había contado su historia y la de su oficio, nos había mostrado sus estupendos afiches caligráficofluerescentes, nos había deleitado logotipizando en el tablero un par de nombres y nos había hablado de su incursión en la tipografía digital y de su interés por recuperar el trabajo de sus colegas. Pero habrá pensado qué carajos, noqueemos bien noqueados a estos colombianos, recortemos unas letras.

Así que agarró un cartocito rosado, lo dobló por la mitad y lo más de casual, sin parar de hablar de esto y lo otro, fue dibujando con las tijeras. Ajá: dibujando con las tijeras. En 15 segundos había hecho una robusta S perfectamente equilibrada. Luego hizo una R. Después le pidió al público que eligiera una letra. Algún valiente lo retó con la G, una de las letras más complicadas. Elliot no solo la despachó en los mismos 15 segundos sino que, para que no quedara duda del tamaño de maestro tipográfico que teníamos enfrente, le hizo unas adorables serifas ornamentadas.

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Pero la tarde no empezó con letras, empezó con los acordes hipnóticos de Los Wembler’s de Iquitos:

Tras aclimatar el auditorio con su sonido amazónico, Alfredo Villar, paisano y amigo de Elliot especialista en la cultura popular peruana, arremetió con una descarga de carátulas de música chicha, cada una más sorprendente que la anterior. Cuidadosamente hilada, la colección de Alfredo nos fue llevando por la evolución de un estilo gráfico del cual Elliot es en la actualidad quizás su más rutilante representante.

Juntos hacen una llave estupenda (asistentes al Trimarchi 2011, agárrense). Con mucha claridad Alfredo da el contexto y la visión panorámica que deja preparado el escenario para que Elliot entre en acción y deje a todo el mundo anonadado. Fue un gusto tenerlos por aquí y esperamos que no sea la última vez que nos cruzamos.

Nos quedó la espinita de no haber podido desplegar la colección de imágenes de Alfredo con la vistosidad que se merece: el videobeam –ese bribón– nos traicionó y el Perú chichero multicolor de Alfredo lució enervantemente azul ): A manera de desagravio publicamos aquí abajo algunas de la bellezas que nos presentó ese día.

Es muy valioso que la Tadeo se haya animado a hospedar un evento de estas características y le agradecemos particularmente a la profesora Rosario Gutiérrez por ayudarnos a gestionarlo. Rosario estaba tan contenta como nosotros. Tanto, que se llevó para su casa un cartulina con su nombre logotipizado por Elliot: tiene una rosa en el lugar de la O.

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↑ La investigación de Alfredo Villar es todo un viaje a través de la gestación y evolución de una estética. Sirviéndose de tapas de discos presandos en el Perú en la segunda mitad del siglo XX, Alfredo nos muestra cómo la chicha empieza paulatinamente a dejar el pudor a un lado y a encontrar sus propios códigos visuales mediante la integración sinvergüenza (la expresión es suya) de elementos de procedencias diversas e incluso antagónicas.
↓ Abajo reproducimos algunas carátulas de la colección de Alfredo. Alguna forma de hibridez está presente en toda carátula de chicha, pero dificilmente en alguna la cosa es más evidente y graciosa que en la de Los Auténticos Shapis: los Ramones del Road to Ruin se cholizan y la composición se salpica de diversos tipos de letra, una de ellas la letra “oriental” típica de los restaurante de chifa peruana (1, 2, 3).
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