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Antes de estar llenos de edificios, los cerros orientales de Bogotá estaban llenos de venados. En los días despejados, a cierta hora del atardecer las manadas que rumiaban en el bosque erguían el cuello y se quedaban paralizadas mirando hacia el poniente. Cierto ángulo del sol les hipnotizaba. Un último resplandor les calentaba el hocico y les sacaba chispas de las pupilas antes de que cayera la noche. “El sol de los venados” llamaban las viejas generaciones a ese instante de la tarde bogotana. El fotógrafo Juan Felipe Rubio lo capturó preciosamente: está en el segundo 40.

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