En circunstancias ideales la función y el ornamento son como dos primitas que recogen zarzamoras en una tarde de primavera por las praderas de Los Alpes. Tomaditas de la mano, iguales, en perfecta armonía.

Pero cuando las condiciones se ponen críticas el tándem se suspende y el ornamento se somete a los designos de la función. En casos afortunados surge, por ejemplo, el modernismo; en los desafortunados simplemente hay empobrecimiento estético. A veces, con un poco de suerte, se producen cosas tan bellas y extrañas como “el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”.

Escritura automática, cadáver exquisito, rayografía, collage, frottage, coulage, fumage… los surrealistas inventaron toda clase de técnicas para provocar combinaciones arbitrarias. Pero apreciaban especialmente aquellas que se producían espontáneamente, con la menor cantidad de racionalidad posible de por medio. Los sueños por ejemplo. O la calle.

Con su complejísima sobreposición de sistemas y voluntades, la calle, tierra de todos y a la vez tierra de nadie, ha sido siempre un estupendo generador de escenas surreales. Y dentro de la calle, la gráfica popular, uno de los más caprichosos y menos estandarizados sistemas gráficos, es con frecuencia terrero fértil para estupendos accidentes gráficos. Como aquel del caballo interrumpido que hace parte de la más reciente colección de postales de Populardelujo.

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➝ “Rienda Suelta”, Rene Magritte. 1965.

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El caballo fue estampado sobre una lona hecha a la medida de un camión tipo A. Pero quizas el dueño reemplazó el camión por uno tipo B y la lona le quedó chiquita. La pregunta ¿vamos a mandar a hacer una carpa nueva? probablemente ni siquiera cruzó su mente. Para qué si esta todavía está buena. Se desarma por la costura, se le injerta un retazo y ya está. Y si el caballo sufre, que sufra.

Pero no sufre. El de aquella escena The Cell, víctima de una rebanación similar a la de su primo bogotano, apenas pestañea. Lo que se produce en ambos casos son imágenes inquietantes y quizás chocantes, pero también de una extraña belleza. La fascinación que producen este tipo de imágenes la conoce bien Damien Hirst, quien ha hecho de la rebanación una técnica artística, pero también lo supieron de sobra Houdin, Selbit, Goldin y toda la tradición de los magos que durante siglos han serruchado a su bella asistente en dos para horror y deleite del público.

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➝ “The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living”, Damien Hirst. 1992.

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En las calles de Bogotá águilas, tigres, toros, y hasta grifos estampados en carpas de lona por empresas como El Volante, Uricarpas o Lufer, han corrido en con la misma suerte que el caballo. No son muchos, pero son varios, y cada vez que aparecen son como un regalo de la providencia. En el sopor de la rutina cruzan de repente frente nuestras narices con sus enigmáticas amputaciones y son como una cachetada de absurdo y poesía que nos sacude del tedio de la normalidad.

Pero el reciclaje y la rebusque no es patrimonio exclusivo del carpaje como tampoco lo es la gráfica popular. Desaforado de sangre y belleza, el azar blande su cuchilla por todo el universo del comercio modesto. En la medida en que locales son divididos y subarrendados para poderse mantener a flote, en la medida en que negocios se quiebran y el nuevo propietario recicla a medias la gráfica existente, su filo alcanza también a criaturas como cerdos y princesitas.

La gráfica popular, bella y valiosa en tantos sentidos, también lo es pues en el más accidental de todos. Incluso cuando es arrinconada y vapuleada sin contemplación por la necesidad, se las arregla para regalarnos joyas gráficas.

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➝ Sin prestigo, sin una mentalidad colectiva que la salvaguarde, a merced del reciclaje y el rebusque propio de nuestas economías, a menudo la gráfica popular resulta ser un terrero fertil para los más bellos y absurdos accidentes gráficos. Surrealismo en uno de sus estados más puros.

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