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Así sea sólo por las locaciones y decorados, véanse García. La película vale la pena por muchas otras razones, pero nos robó el corazón especialmente la atención que el equipo de producción le puso a la estética de los ambientes en donde trascurre la historia y el gusto y la sensibilidad con que el director se deleita con ellos.

Ciertas escenas (el va y viene de García en su cicla) parecen concebidas casi que exclusivamente para mostrar la modesta belleza de los paisajes bogotanos. En otras (la ronda diaria de García frente a la bodega que vigila, la cortinas de crochét de la pizzería), los detalles del paisaje son prácticamente una materialización a lo bogotano de lo sucede en el alma de los personajes.

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