Don Jorge Montesdeoca nos contó que alguna vez tuvo una fantasía en la cual se veía a sí mismo como un astronauta que capitaneaba una nave espacial que viajaba de planeta en planeta. En su opinión, la fantasía era producto de su convicción en que lo seres humanos deben ser libres de ir a donde les plazca sin más limite que el que les imponga su propia energía y curiosidad; una convicción sobre la cual Jorge, de hecho, ha construido su propia vida.

Pero conociéndo a don Jorge como lo hemos llegado a conocer, nos queda claro que la fantasía interplanetaria se alimentó de aquella convicción tanto como de otras ideas que siempre han fascinado su imaginación. Además de ser un incansable aventurero, don Jorge se ha devorado entera la obra de Julio Verne, es un apasionado coleccionista de información sobre eventos históricos y es un gran admirador del ingenio de los Estados Unidos.

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–Dentro de la colección de pinturas de don Jorge que se exhibe por estos días en en Taller Santa Eulalia en Barcelona (España) figura una visualización de su fantasía de viajero interplanetario. Escuche a don Jorge hablar sobre su universalismo (testimonio recogido por Populardelujo en Bogotá en 2009):


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Consciente o inconscientemente, todas estas influencias parecen haberse sintetizado en las pinturas que hizo en 1978 para el restaurante El Planetario del barrio El Restrepo de Bogotá. Se trata de una serie de pinturas que muestran paisajes del espacio exterior en donde la veracidad histórica se combina con elementos fantásticos. En una de ellas, por ejemplo, el módulo espacial Eagle (cuyo nombre don Jorge se tomó el trabajo de traducir al español) se posa sobre un horizonte lunar dominado por gigantescos cristales. Es justamente esta pintura la que ya hace parte de la más reciente colección de postales de Populardelujo que hemos venido presentando en el blog.

Las pinturas de don Jorge para El Planetario son excepcionales desde varios puntos de vista. En primer lugar, se trata de los trabajos realizados en Bogotá por Jorge más antiguos de los de los que tengamos noticia. El hecho de que sigan ahí luego de 30 años los convierte en toda una rareza en el ámbito de la gráfica popular, en donde las obras difícilmente sobreviven a las vicisitudes de los negocios que decoran (cierres, remodelaciones, etc.) y a los ciclos del gusto y la moda. La supervivencia de estas piezas se debe en parte a que se trata de pinturas y no de murales, de manera que pueden ser transportadas y reinstaladas –lo cual de hecho sucedió hace unos 5 años cuando el restaurante cambió de local–.

Pero quizás hay una razón más profunda: el cuidado con que algunas de las pinturas están enmarcadas, la manera en que están firmadas (“Montesdeoca” en lugar del tradicional “Jorge”) y la estrecha relación entre los motivos y el espíritu del local parecen sugerir que son algo más que mera ambientación comercial.

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–Pinturas realizadas por Jorge Montesdeoca en 1978 para el restaurante El Planetario (propiedad de Omar Reina) en el barrio El Restrepo de Bogotá.

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Condicionados por la diferenciación entre arte pictórico y diseño gráfico que existe en el mundo “profesional” (en donde el arte pictórico sería el uso de recursos gráficos para exteriorizar preocupaciones íntimas del artista y el diseño gráfico el uso de esos mismos recursos para comunicar mensajes que nada tienen que ver con la subjetividad del diseñador) resulta casi automático calificar trabajos como estos de Jorge como “comerciales”. Al fin y al cabo son trabajos que han sido encargados y pagados por el dueño de un negocio y que, aunque no promocionan directamente un producto y un servicio, hacen parte de la ambientación de un local comercial. Sin embargo, como lo sugiere el testimonio de Jorge referido al principio de esta nota, y como lo hemos notado en el caso de varios de sus colegas; en la medida en que uno se familiariza con sus historias personales resulta clarísimo que sus vivencias, convicciones, aspiraciones, fantasías e imaginario personal permean permanentemente y sin complejo alguno su trabajo “comercial”.

Es cierto que en alguna medida esto vale para cualquier diseñador gráfico: quizás es imposible evitar del todo poner algo de sí mismo en el más objetivo de los trabajos. La diferencia radica en que en el caso de pintores como Jorge y sus colegas no hay ningún interés en reprimir ese impulso. Tampoco suele haber presión de parte de quienes los contratan para que lo hagan, sino todo lo contrario: los propietarios de los locales suelen dejar que los pintores den rienda suelta a su imaginación. En general, en este medio no es un pecado ni una muestra de anti-profesionalismo colmar de referencias personales los trabajos comerciales.

Y es que la necesidad de expresarse estéticamente no es, por supuesto, exclusiva de las clases acomodadas: la inquietud artística incuba en cualquier lugar de la pirámide social. Lo que sí es un lujo y un privilegio de estas clases es contar con el tiempo, la tranquilidad y los espacios para cultivarla y materializarla. Los sectores más pobres de la población dificilmente tienen galerías, revistas especializadas o páginas web en donde desfogar esa necesidad humana de expresión plástica; arriconcados por la pobreza tampoco pueden darse el lujo de entregarse a la más pura creación artística. Aquí, si la expresión gráfica personal quiere tener algún chance, debe disolverse en la comercial.

Así, la oposición trabajo comercial / trabajo artístico no sirve entonces realmente para entender la gráfica popular. No sirve porque lo más interesante ocurre justamente cuando las aguas se mezclan. Su naturaleza es ambigua. El trabajo de pintores como Jorge sí es publicitario, pero al mismo tiempo mucho más que publicidad. Es algo mucho más delicado y más serio. Los motivos que decoran restaurantes, los avisos, los trozos pintados de fachada, son en buena medida las galerías, las cuentas de Flickr, los fanzines experimentales de un enorme sector de la población. Ayudan a vender productos y servicios pero también hablan de las aspiraciones, fantasias, ideales y experiencias de un sector enorme de la sociedad. En esa misma lógica, personas como Omar Reina, propietario de El Planetario, son quizas sin saberlo, una especie de mecenas.

Quizás este sea, por encima de cualquier otro, el valor de la gráfica popular. Bajo esta lógica deberíamos mirar los trabajos hechos a mano que todavía abundan en nuestras ciudades. Sólo así podemos empezar a entender la magnitud de lo que se pierde, se trunca, se silencia y se reprime cuando se borra un mural en aras de la limpieza y la modernidad, cuando  se reemplaza un aviso hecho a mano por otro hecho en computador con el patrocinio de Coca-Cola.

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–Los motivos espaciales han sido una constante en el trabajo de don Jorge. Aquí una fotografía (circa 1980) tomada su albúm personal.
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