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En Colombia cada tanto la revista Semana anuncia que el director de la Policía Nacional de turno ha sido declarado “el mejor policía del mundo” (1, 2). Se les olvida a quienes hacen ese ranking que ese título no está vacante. Ya fue reclamado hace años y para siempre-jamás por Noé León.

Difícil que nazca otro policía como él. Noé León (1907-1978) no sólo tenía una ética que ya quisiéramos en todo aquel a quien la sociedad le entrega el ejercicio de la fuerza –Yo nunca maltraté a nadie ni di palo, más bien ayudaba a la gente, le contó a un periodista alguna vez– sino que abrigaba en su verde uniforme un corazón que no paró de maravillarse ante la esquina de mundo que le tocó habitar y que supo pulir los medios expresivos para representarlo.

En todo caso, títulos y reconocimientos no fueron lo que faltó. Entre la crítica de arte hay consenso en considerar a Noé León “el primitivista más grande de Colombia”. Con qué cara puede andar alguien por ahí calificando de “primitivo” al otro es toda una cuestión, pero lo cierto es que si no fuera por ese rótulo –la única manera que encontró la crítica de la época de encajar a León en la historia del arte– seguramente nos hubiéramos perdido de conocer una obra fenomenal.

A comienzos de la década del 60 miembros del círculo artístico e intelectual que se formó alrededor del bar La Cueva de Barranquilla se toparon con el pintor, que peregrinaba por las calles vendiendo las pinturas que hacía sobre discos de acetato, y lo promovieron y animaron a seguir pintando. Con el tiempo, las pinturas de este pintor callejero se expondrían en museos y galerías de Colombia, los EEUU y Europa.

Que si lo que hacen los pintores de los que se ocupa Populardelujo es arte o no es arte es una discusión que nos importa poco. Es estupendo y a nosotros con ese rótulo nos basta. Ignoramos si en opinión de la crítica su trabajo está lejos o cerca del de Noé, pero lo cierto es que si olvidamos por un momento que Noé León fue aislado del gremio de pintores populares por una urna de cristal, su caso se emparenta mucho al de los pintores de los que nos ocupamos nosotros. Es una referencia obligada y por eso estábamos en mora de dedicarle una nota.

Noé, como los hermanos Santa María y como muchos pintores populares, era un desarraigado: nació en Ocaña (Santander) y terminó radicado en Barranquilla (Atlántico). Como Jorge Montesdeoca y como Gelver Ney, su medio de subsistencia natural fueron pinturas que vendía en la calle. Al igual que Oscar Barreto, lo que Noé sabía sobre arte pictórico no lo aprendió en escuela alguna y en buena medida su expresividad viene precisamente de ignorar cualquier canón. Como Arnulfo Herrada, pintó primorosos paraísos rurales en donde lo documental convive con lo idealizado y en donde las leyes naturales se trucan al menor descuido. Noé, como todos ellos, maravilló con su trabajo a gente aburrida de tanto academicismo, snobismo y tecnificación.

Es muy poco lo que se puede ver y leer sobre Noé León por ahí. Algunas de sus pinturas están a la vista en la sala de Arte Primitivista del Museo de Arte del Banco de la República pero la mayoría pertenecen a colecciones privadas. La mejor fuente, de lejos, es un libro del fondo editorial de Seguros Bolívar con textos de Eduardo Serrano. Además de una generosa colección de imágenes, el libro resume todas las figuraciones de Noé León en medios y exhibiciones y Serrano nos hace una buena crónica del artista, su obra, su “descubrimiento” y la tradición pictórica dentro de la que se incrusta.

En vista de lo poco que hay en internet sobre Noé quisimos aportar nuestro granito de arena y nos tomamos la libertad de escanear algunas de las imágenes publicadas en dicho libro.

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De arriba a abajo: Cazador del Malibú, 1965 , Pueblo, 1973, María Modelo, 1965; Rendija en la selva, 1966; El cielo,1963, El Colombia, 1967; Viva Cecilia 1a, 1971; Misionero comido por tigre, 1967, y Autorretrato con Rosita y Pancho, 1966. Todos los cuadros pertenecen a colecciones particulares.

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El libro en el que fueron publicadas estas imágenes está fuera de circulación en librerías convencionales. Nosotros lo conseguimos en San Librario, la librería de viejo de Quinta Camacho (Bogotá).
Noé León. Textos de Eduardo Serrano. Seguros Bolívar. El Sello Editorial. Colombia, 1999.
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